Adolescentes AFECTO Primaria

La importancia del estilo democrático

Abuela con sus nietos

No existen varitas mágicas a la hora de enfrentarnos a los diferentes retos que nos ofrece la crianza de nuestros hijos e hijas a lo largo de todas sus etapas de desarrollo. Pero la buena noticia es que, si sabemos identificar el estilo educativo que nos reporta más beneficios en nuestra labor parental, lograremos aumentar las probabilidades de éxito y satisfacción. 

A la hora de educar, ¿Qué estrategias utilizamos? Probablemente si nos paramos a reflexionar llegaremos a la conclusión de que todas y cada una de las acciones que llevamos a cabo en nuestro día a día pueden categorizarse según dos grandes pilares: el afecto y comunicación por un lado, y el establecimiento de normas y límites en la otra parte.  Las maneras de educar varían de una casa a otra, de forma que existen distintos estilos educativos, que a su vez tienen importantes repercusiones en el desarrollo psicológico de nuestros hijos e hijas. Todo ello depende de la mayor o menor presencia de componentes pertenecientes a dichos pilares. 

Primer Pilar: El afecto y la comunicación

Cuando nos apoyamos en el primero de ellos, empleamos acciones que tienen que ver con el establecimiento de un vínculo emocional a través de la comunicación con nuestros hijos e hijas; por ejemplo, escuchando atentamente las cosas que nos cuentan, mostrando interés por los aspectos que les preocupan e intentando ponernos en su lugar, entre otros. A lo largo del día, solemos aprovechar las distintas ocasiones para charlar, intercambiar experiencias, sentimientos, ideas, planes, etc.   

Segundo Pilar: Normas y límites

El segundo de los pilares, y no por ello menos importante, es aquel que tiene que ver con el control parental y las exigencias normativas, ya que los niños y niñas tienen que aprender cuáles son las normas que les permitirán regir su comportamiento, aceptar que no siempre es posible conseguir aquello que se quiere, y saber respetar los puntos de vista y los derechos de las demás personas. Disponer de normas ayuda a nuestros hijos e hijas a sentirse seguros en el mundo, a saber cómo comportarse y a saber qué esperar de otras personas. Por tanto, son un componente fundamental para su desarrollo comportamental pero también afectivo.  

Hay diferentes estrategias que los padres y madres podemos seguir para establecer límites y normas, que oscilan desde la imposición hasta la negociación, pudiendo llegar a existir un mayor o menor grado de razonamiento y diálogo sobre la necesidad de esa norma o las ventajas que puede tener para el niño o niña.  

Una cuestión de continuo equilibrio

En muchas ocasiones, nos cuesta mantener el adecuado equilibrio entre estas dos dimensiones o pilares y seguramente nos gustaría tener una balanza para poder calcular en qué medida justa debemos apoyarnos más en un lado u en otro, es decir, ¿Qué ocurre cuando priorizamos el cumplimiento de una norma por encima de todo? ¿Cómo transmitimos a nuestros hijos e hijas las dosis de afecto incondicional que necesitan independientemente de sus conductas? ¿Debería endurecer el sistema de normas al entrar en la adolescencia? Todas estas dudas y otras muchas más, nos hacen cuestionarnos los modelos instaurados basados en determinismos autoritarios o bien otros basados en altas cuotas de permisividad. Por tanto, se hace necesario el ejercicio de establecer un estilo educativo que promueva la importancia de la comunicación en la relación familiar, así como las distintas formas de controlar y supervisar la conducta. En dicho estilo, la figura que desempeñan los progenitores es de guía y acompañamiento a lo largo de las diferentes etapas en la infancia y adolescencia y supone el despliegue de estrategias encaminadas a cubrir las diferentes necesidades evolutivas en cada caso en todas las áreas cognitivas y emocionales. Por ello, requiere de un reajuste en función de cada etapa de desarrollo y en función de las características personales de cada uno de nuestros hijos e hijas. Además, desde esta perspectiva se generan mejores resultados tanto a corto como a largo plazo en las dinámicas familiares, en el nivel de satisfacción parental y en el desarrollo integral de nuestros hijos e hijas. 

No existe una fórmula mágica que pueda enseñar a alguien a ser “el mejor padre o la mejor madre” del mundo.

No obstante, es importante comprender que los estilos de cuidado elegidos en la crianza tienen una repercusión importante en el desarrollo infantil, las formas en las que los niños y niñas establecen los vínculos interpersonales y su regulación emocional. En consecuencia, la apertura de espacios de intercambio, con límites claros pero basados en el respeto y en el cariño, son fundamentales para un desarrollo saludable y positivo. Por ello, cuando adoptamos el estilo educativo que engloba el equilibrio entre ambos pilares, estamos apostando por contribuir a crear un futuro adulto estable, con una autoestima ajustada, que cuente con las suficientes herramientas de autorregulación, tolerancia a la frustración y capacidad de autonomía en sus decisiones siendo capaz de enfrentarse a los diferentes retos de la vida con alta probabilidad de éxito y en definitiva, que pueda alcanzar la felicidad que todo padre o madre desea para su hijo o hija. 

Cuéntanos, ¿Estás equilibrando la crianza de tus hijos e hijas? ¿Qué dimensión o pilar impera más en tu forma de criarles? escríbenos en los comentarios, estamos para responder a todas tus dudas.

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