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El mejor “bofetón a tiempo” es el que no se da

Aunque la crianza está llena de momentos buenos también hay situaciones que en muchas ocasiones pueden hacer que sintamos desbordamiento y nos cueste encontrar la mejor estrategia para enfrentarlo. La manera en la que resolvemos dichas situaciones puede llegar a generarnos dudas: ¿Es la más adecuada? ¿Cómo me hace sentir? ¿De qué otra forma podría haberlo hecho?

Nos hemos acostumbrado a percibir el maltrato infantil en acciones muy evidentes como los gritos, agresiones, abusos físicos y psicológicos. Sin embargo, también hay otras formas mucho más sutiles que también representan un gran riesgo para el desarrollo socio-afectivo en la infancia. Acciones sin mala intención y que muchas veces por falta de conocimiento ante las consecuencias de ciertas conductas “aparentemente inocentes” que tenemos, pueden afectarlos con el paso del tiempo.

El bofetón a tiempo va mas allá de lo físico

¿Cuántas veces hemos escuchado la frase “esto se arreglaría con un buen bofetón a tiempo”? La violencia, en todas sus formas, perjudica la salud física y emocional, el desarrollo cognitivo, la autoestima y debilita y dificulta las relaciones interpersonales.

En crianza se ejerce violencia cuando existe castigo físico o agresión verbal (gritos, insultos, humillaciones). Estas acciones pueden dañar la salud física y emocional de nuestros hijos e hijas. La disciplina física, también conocida como castigo corporal, se refiere a “cualquier castigo que incluya el uso de la fuerza física con la intención de causar cierto grado de dolor o malestar, por leve que sea, como por ejemplo, pegar o bien con la mano o con el uso de algún objeto. Cuando se crece con un estilo de crianza autoritario, empleando estos métodos disciplinarios de forma regular, se tiende a mostrar una menor autoestima y peores resultados académicos, menos independencia o posibles conductas de riesgo.

Los gritos o “bofetones” no educan, ya que no orientan acerca de cuál es la conducta adecuada. Además, esta forma de resolver situaciones valida el uso de la violencia (física o verbal) como modo de resolución de conflictos llegando a causar en nuestros hijos e hijas sentimientos de rabia y confusión.

De esta forma, el niño o la niña aprende que el mundo en el que vive no es confiable, y pone al servicio de su propia estabilidad toda su energía psíquica, teniendo más preocupación de defenderse de un entorno que se le aparece como amenazante, que de jugar, pasarlo bien y crecer, como debería hacerlo.

“La reflexión a tiempo” es la solución

El uso de este tipo de estrategias no enseña a “portarse bien”, sino a evitar el castigo. Por ese camino, los niños, niñas y adolescentes sólo aprenden qué tienen que hacer para no enfadar a la persona adulta que incurre en estas prácticas.

Lo importante es comprender que, incluso cuando nos sentimos sobrepasados, existe un amplio repertorio de estrategias alternativas a utilizar para solventar los desafíos del día a día que conlleva la crianza.

Como adultos podemos plantearnos la siguiente pregunta: ¿Si yo fuera un niño o niña, cómo me gustaría que se me trataran? Seguramente me gustaría experimentar la oportunidad de encontrar un espacio de escucha, de empatía, orientación y consuelo cuando lo necesito, donde cometer un error suponga una oportunidad de aprendizaje contando con las alternativas adecuadas para reconducir el comportamiento.

Esto supone que como padres y madres, se hace necesario invertir tiempo y energía en la promoción activa de los buenos tratos a niños y niñas. Por todo ello, tenemos la responsabilidad y la obligación de elegir que el desempeño de nuestras funciones parentales sea lo más beneficioso y respetuoso con nuestros hijos e hijas, promoviendo futuros adultos equilibrados emocionalmente y autónomos que puedan desarrollarse plenamente en todas las áreas de su vida.

Foto de Taylor Wilcox en Unsplash

Una buena relación familiar sólo se consigue cuando hay suficiente conexión, la que siempre se produce en el nivel de los sentimientos y en la validación del mundo emocional de nuestros hijos e hijas. Debemos darnos la posibilidad de detenernos para preguntarnos: ¿qué se esconde detrás de su comportamiento? Si somos capaces de realizar el esfuerzo de comprender sus necesidades emocionales y ofrecerles la respuesta adecuada, el resultado para ambas partes será positivo. A veces, detrás de las conductas desafiantes se esconde la incapacidad de regulación emocional debido a la etapa evolutiva en la que se encuentran, por ello nuestra respuesta como adultos les ayudará en mayor medida ofreciendo un buen modelo de autocontrol y gestión de las frustraciones de manera ajustada y equilibrada.

Nos toca proteger a nuestros hijos e hijas y ello abarca una formación para la vida totalmente libre de cualquier tipo de violencia. La clave se encuentra en equilibrar nuestro papel de adultos desde la afectividad y la comunicación comprendiendo que los tópicos enmascarados en frases como “el bofetón a tiempo” forman parte de una perspectiva pasada que sólo genera sentimientos negativos para ambas partes implicadas. Para conseguirlo, se hace necesario romper o modificar ciertos patrones de funcionamiento instaurados, desmitificando creencias obsoletas y en definitiva optimizando nuestras habilidades parentales desde la perspectiva de la parentalidad positiva.

Equipo PAIF

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